En clave de sol by Gustavo López
Ya estamos en agosto y, con él, otra vez el mismo ritual: semanas y semanas de pregones, presentaciones de carteles, nombramientos de cargos festeros, concursos, presentaciones de libros, actos institucionales… una maratón de prolegómenos que, paradójicamente, acaba restando fuerza a las fiestas que se supone que celebran. Cuando por fin llega el día grande, mucha gente, incluidos los propios colectivos organizadores, llega agotada, casi deseando que todo termine cuanto antes.
No es algo exclusivo de estas fechas. Llevamos años viendo cómo la Semana Santa, que debería concentrarse en unos días muy concretos, se ha ido estirando con actos previos de la Junta Central y de las hermandades, hasta convertirse en una celebración de casi dos meses. Las fiestas de agosto, lamentablemente, están copiando ese mismo patrón, y el resultado es idéntico: la sobrecarga diluye el interés y termina jugando en contra de lo que se pretende promocionar.
El problema tiene, además, un enemigo natural insalvable: el calor. En pleno verano, con la playa, la piscina o el campo esperando, es lógico que muchos actos se queden con un público reducido, a veces vergonzosamente escaso para el esfuerzo organizativo que hay detrás. Colectivos que llevan meses preparando un pregón, una presentación o un desfile, se encuentran con salas y calles medio vacías, no porque el acto no tenga valor, sino porque compite con el buen tiempo y con una agenda saturada de convocatorias.

¿Solución? No pasa por eliminar la tradición, sino por ordenarla con sentido común. Sería razonable que las comisiones de fiestas, ayuntamiento y colectivos se sentaran a coordinar un calendario único y consensuado, evitando que dos o tres actos relevantes coincidan la misma semana o incluso el mismo día. Concentrar los pregones, sin duda, aligeraría la agenda sin renunciar al protagonismo de cada colectivo.
También ayudaría trasladar buena parte de estos actos a horarios de fin de semana o a última hora de la tarde-noche, cuando el calor afloja y la gente tiene más disposición. Y, sobre todo, apostar por la calidad frente a la cantidad: menos actos, pero mejor cuidados, con más difusión y mayor participación real, en lugar de multiplicar convocatorias que acaban por diluirse entre ellas mismas.
Las fiestas patronales son patrimonio vivo de los pueblos y merecen protagonismo, no agotamiento. Si queremos que la gente llegue con ganas al día grande, hay que dejar de exprimir el calendario y recuperar lo esencial: menos prolegómenos y más fiesta.









