Pascual David Muñoz Álamo. Policía Local y criminólogo.
Hay cosas que solo se comprenden cuando uno se aleja; también hay sentimientos que necesitan de la distancia para hacerse verdaderamente grandes. Ser de Jumilla es, en cierta manera, descubrir con los años que aquello que durante la infancia parecía cotidiano termina convirtiéndose en una parte imprescindible de lo que somos.
Estas semanas de agosto tienen algo diferente. Basta con pasear por sus calles, contemplar el blanco y azul de nuestra bandera, encontrarse con la gente, escuchar el bullicio o simplemente dejarse llevar por ese ambiente que durante tantos años hemos vivido para comprender que Jumilla no es solamente un lugar; es una manera de sentir.
Y quizá lo entendemos todavía mejor cuando estamos fuera.
Cuando la distancia nos separa de nuestra tierra y aparece en las redes sociales una imagen de Jumilla, una calle llena, un acto, una celebración o cualquiera de esas estampas que durante años hemos visto como algo normal, algo cambia por dentro. Entonces uno mira de otra manera; porque sabe que detrás de cada acto hay muchas personas trabajando, preparando, organizando y poniendo todo su empeño para que una ciudad entera pueda disfrutar.
Eso también es Jumilla.

Con el paso de los años, las mismas fiestas empiezan a verse de otra manera. Primero se viven con los ojos de un niño; después llegan la adolescencia, las ganas de descubrirlo todo y, finalmente, la adultez, cuando uno empieza a mirar con más calma y entiende que cada año es distinto, aunque algunas cosas parezcan repetirse.
Porque ninguna fiesta es igual a la anterior.
Tampoco nosotros.
Quizá por eso Jumilla se comprende mejor cuando uno ha recorrido parte del camino y descubre el valor de aquello que siempre estuvo ahí: nuestra Semana Santa, nuestras tradiciones, nuestros vinos, la Monastrell, nuestras calles y, sobre todo, nuestra gente.
Y hasta nuestra tierra tiene una forma de llevar nuestro nombre lejos. La Jumillita, esa roca volcánica tan singular que tomó el nombre de este municipio y que es reconocida por su interés geológico, es una pequeña metáfora de lo que somos; algo que nació aquí y que, sin embargo, ha conseguido trascender nuestras fronteras.
Quizá los jumillanos somos un poco así.
Llevamos Jumilla dentro y, cuando estamos lejos, todavía más. Por eso, durante estas semanas de agosto, sentirse de Jumilla es algo más que celebrar; es mirar alrededor y comprender la suerte de pertenecer a una tierra que se lleva por bandera, una tierra que no solo se vive, sino que se siente, se recuerda y permanece con nosotros allá donde estemos.









