En clave de sol by Gustavo López

Vivimos tiempos en los que insultar, increpar o incluso agredir a un periodista se ha normalizado hasta un punto alarmante. Lo hemos visto en las últimas semanas en las protestas y concentraciones surgidas al hilo de la entrada ilegal de inmigrantes en Ceuta, donde profesionales de la información que acudían a hacer su trabajo, se han encontrado con insultos, empujones y desprecio simplemente por portar una cámara o un micrófono.
Esto no es un hecho aislado ni casual. Es la consecuencia lógica de años de crispación política, de polarización extrema y de un ecosistema informativo contaminado por bulos y mensajes interesados que buscan, precisamente, señalar a la prensa como enemiga. Cuando desde ciertos altavoces, ya sean políticos, opinadores o cuentas anónimas, se repite machaconamente que los medios mienten, que están comprados o que forman parte de una conspiración, no sorprende que una parte de la ciudadanía acabe interiorizando ese discurso y actuando en consecuencia. El problema no es que la gente desconfíe, el problema es cuando esa desconfianza se traduce en violencia, verbal o física, contra quien simplemente está haciendo su trabajo.


Conviene recordar algo obvio pero que parece olvidarse. Hoy existen medios para todos los gustos, sensibilidades y líneas editoriales. Si a alguien no le convence un medio, tiene la libertad absoluta de informarse en otro, de contrastar, de elegir. Esa es precisamente la riqueza de una sociedad plural. Lo que no cabe, bajo ningún concepto, es sustituir esa libertad de elección por el insulto o la agresión a quien no piensa, escribe o enfoca como a uno le gustaría.
Y este problema, lejos de ser algo lejano, también nos ha llegado a Jumilla. Este año, por primera vez en los 26 años de historia de es periódico, en la Gran Cabalgata del Vino, no se ha respetado el trabajo del trabajador de Siete Días Jumilla que acudió a cubrir el acto. Le echaron vino encima, sin el más mínimo respeto, poniendo en riesgo su equipo gráfico, y sin que buena parte del público hiciera caso a las indicaciones de control que pedían respetar su labor que se estaba desarrollando. Nunca antes había ocurrido algo así en un acto que durante más de dos décadas se ha vivido dentro de la lógica normalidad y cariño hacia quienes lo cubren.
Que esto haya sucedido por primera vez no es casualidad, creo que es síntoma de este clima general de falta de respeto hacia la prensa que, se debe frenar. Informar no es un privilegio que deba pagarse con desprecio. Es un servicio que merece respeto.