Editorial
Jumilla ha conseguido, por fin, lo que llevaba años persiguiendo: la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional para su Fiesta de la Vendimia. Es una noticia que merece celebrarse sin matices, porque reconoce lo que los jumillanos ya sabían: que esta fiesta, nacida del vino y de la tierra, tiene el peso y la singularidad suficientes para figurar entre las grandes citas festivas de España.
Pero conviene no confundirse, ya que lo difícil, aunque parezca lo contrario, no era conseguir el sello, sino lo que viene ahora. Una declaración de interés nacional no es un punto de llegada, sino un compromiso y un punto de partida. Exige mantener la calidad de los actos, cuidar cada detalle del programa y, sobre todo, comunicar la fiesta con la ambición que su nueva categoría reclama. Comunicar y publicitar ha de ser un capítulo más del presupuesto, y no verlo como un gasto. Sería un grandísimo y grave error. Jumilla debe de pensar en clave local, regional y empezar a proyectarla como lo que ahora es, un referente nacional.

El aviso está servido por nuestra propia experiencia. La Semana Santa jumillana alcanzó el Interés Turístico Internacional en 2019, y desde entonces ha ido perdiendo fuelle en algunos aspectos, escalón a escalón, sin que la distinción por sí sola haya bastado para sostener su nivel. Que no se repita el error con la Vendimia. Hay que demostrar lo contrario. El título se ha ganado con esfuerzo colectivo y ahora toca demostrar, cada agosto, que se está a la altura del reconocimiento recibido.
Ahora es cuando comienza la fiesta. ¡Enhorabuena!









