Toda una vida creando con las manos
Hay vidas que parecen construidas dos veces. La de José Ortiz Gómez comenzó entre calderetas, yeso, ladrillos y jornadas de trabajo demasiado tempranas para un niño; décadas después encontró una segunda forma de expresarse entre arcillas, hornos y antiguas técnicas cerámicas. En ambas etapas hay, sin embargo, un mismo hilo conductor: sus manos, una curiosidad inagotable y la determinación de aprender siempre algo más.
Pepe, como le conocen quienes le rodean, empezó a trabajar con apenas diez años. Era el mayor de sus hermanos y las circunstancias económicas de la familia obligaban a arrimar el hombro. Primero fue botones en una oficina y, poco después, todavía casi un niño, entró en la construcción como peón. De aquellos comienzos conserva recuerdos duros: cargas que apenas podía levantar, esfuerzo físico y algún rincón buscado a escondidas para llorar cuando sentía que no podía más.
La construcción no fue inicialmente una elección. Él tenía facilidad para estudiar y otros sueños posibles, pero las circunstancias marcaron su camino. Hasta que un día decidió que, si aquel iba a ser su oficio, trataría de ser el mejor posible. Y esa decisión terminaría definiendo buena parte de su vida.
Aprendió observando, preguntando, experimentando y procurando no conformarse nunca con hacer las cosas como siempre se habían hecho. Sin grandes títulos académicos, convirtió el trabajo en su escuela. Llegó a ejercer como encargado, participó en importantes obras y asumió responsabilidades crecientes hasta ponerse al frente de su propia empresa.

Entre los trabajos que recuerda con especial orgullo figuran dos de las tres fases de la bodega de crianza de la Cooperativa San Isidro, con su característica estructura subterránea de arcos de cemento. Trabajó unos quince años en Yecla, a las órdenes de un cura, Joaquín Guillamón Martínez, hasta que volvió a surgir faena en el pueblo, se conforma Orpigo, una empresa que a día de hoy todavía existe, aunque sin actividad.
Su vida profesional también lo llevó a enseñar. Durante varios años fue monitor de la Escuela Taller de Jumilla, donde transmitió a jóvenes aprendices algo más que conocimientos de construcción. Les inculcó respeto por el oficio, disciplina y responsabilidad. También impartió cursos de formación ocupacional de enseñanza no reglada. Cuando habla de aquella etapa, resume sus credenciales de una manera que explica buena parte de su carácter: sus títulos, dice, han sido siempre “trabajo, trabajo, trabajo”.

Pero la vida de José Ortiz no terminó cuando llegó la jubilación en 2013. En realidad, estaba a punto de comenzar otro capítulo.
La pintura apareció primero. Un amigo suyo, Miguel Ángel Lozano, le llevó un estuche de óleos, un caballete y un lienzo, y Pepe, autodidacta una vez más, comenzó a pintar. Después llegó un pequeño pedazo de arcilla. Era alrededor de 2016 cuando su amigo Pepe García le propuso que intentara hacer un cacharro. La primera impresión no fue precisamente reveladora: pensó que aquello del barro no era para él. Pero insistió. Y de aquella insistencia salió una pieza. Después otra. Y otra. El antiguo constructor había encontrado un nuevo material con el que seguir construyendo.
Desde entonces ha creado alrededor de trescientas piezas, probablemente más, y se ha adentrado en técnicas como el raku o el kintsugi, siempre mediante investigación, ensayo y error. Si una pieza se resiste, insiste hasta encontrar una solución. El mismo empeño que le permitió abrirse camino en la obra, reaparece ahora delante del barro.
Su interés por la cerámica tampoco se limita a la ejecución técnica. Investiga las culturas, las épocas y las historias que hay detrás de cada pieza. Una de sus exposiciones reunió alrededor de sesenta o setenta obras vinculadas a once culturas diferentes, contextualizadas histórica y artísticamente. Otra muestra, titulada “Setenta y siete”, coincidió con la edad que cumplía durante su celebración y permitió contemplar la diversidad de técnicas que había ido incorporando a su trabajo.
Hay además algo profundamente jumillano en parte de su obra. Para determinadas piezas de inspiración ibérica recoge personalmente arcilla del término municipal, especialmente de la zona del Barranco del Buen Aire y el Diapiro del Morrón. De este modo, sus manos no solo reproducen formas antiguas: trabajan con la misma tierra de la que nacieron aquellas culturas que lo inspiran.

En José Ortiz resulta difícil separar al albañil del ceramista, porque ambos responden a una misma personalidad. Él mismo duda cuando se le llama artista. Quizá porque durante toda su vida ha preferido identificarse con el oficio, el esfuerzo y el aprendizaje antes que con las etiquetas. Sin embargo, detrás de cada muro levantado, cada joven al que enseñó, cada óleo y cada pieza de barro, existe el mismo impulso creador.
También está la familia, el otro gran pilar de su historia. Casado con Antonia desde 1974, es padre de tres hijos y abuelo de dos nietos, y encuentra en los suyos el espacio al que vuelve y con el que comparte buena parte de cuanto crea. Y cuando se le pregunta a quién dedicaría el Premio Trayectoria Siete Días Jumilla, la respuesta aparece por encima de todas las demás: a sus padres. Después, al resto de su familia.

Tal vez ahí se cierre el círculo de toda una vida. El niño que comenzó a trabajar porque en casa hacía falta, terminó levantando edificios, creando una empresa, enseñando un oficio y descubriendo, ya jubilado, que todavía le quedaba otro lenguaje por aprender. José Ortiz Gómez cambió el ladrillo por la arcilla, pero nunca dejó de construir.
Y quizá esa sea la mejor definición de su trayectoria: una vida entera aprendiendo, trabajando y creando con las manos. Felicidades maestro.









