San Antonio Abad y San Sebastián

Autor: Emiliano Hernández Carrión – Director del Museo Municipal Jerónimo Molina

Cuentan los más viejos del lugar que en aquellos siglos en que los campos estaban habitados, los lugareños venían al pueblo por San Antón y San Sebastián, nunca por Navidad, y es que aquellas fiestas eran más atractivas que la Pascua de la Natividad, con sus cucañas enjabonadas, sus carreras de cintas, carreras de sacos, procesiones acompañadas por el ‘Tío de la pita’ y su niño tamborilero con la caja (tambor) y un sinfín de chiquillos enracimados tras los músicos.

San Antonio Abad, San Antón para los amigos, nació en Egipto un 12 de enero del 251: San Sebastián, SanSe para los amigos, nació en Narbona (Francia) el 256, cinco años después que San Antón, pero nunca se conocieron. Este anacoreta, que a pesar de las extremas condiciones de vida que se autoimpuso, vivió 105 años, murió el día de su santo del 356. San Sebastián, soldado del imperio romano (legionario de la guardia pretoriana) vivó 32 años, y tenía dos platos de rancho todos los días.

San Antón es el fundador del movimiento eremítico, y era tan buena persona que hasta los luteranos lo incluyen en su santoral. ¿Cómo llega este santo a ser patrón de los animales irracionales? Pues hay varias versiones. La más extendida es que cuando fue a visitar a Pablo el Ermitaño, éste murió, y al darle cristiana sepultura le ayudaron dos leones y otros animales de la zona. Pero la que más me gusta es la que cuenta, que un día se le acercó al ermitorio una jabalina con su prole, pues habían nacido todos ciegos, y el bueno de San Antón los curó dándoles el don de la vista. Desde ese momento la jabalina no se separó jamás de anacoreta, de aquí que el santo se represente siempre acompañado de un marrano jabalí, o mejor dicho, de una jabalina.

San Sebastián, cuentan las crónicas que era bien parecido, pero se hizo cristiano en unos tiempos que ser creyente te podía costar la vida, y así fue. El legionario Sebastián aprovechaba los ratos libres que le dejaban sus obligaciones militares para visitar a los presos cristianos, lo que hacía de una forma discreta. Pero en una ocasión detuvieron a dos amigos: Marceliano y Marcos, y cuando fue a visitarlos, le contaron al co-emperador Maximiano (compartía el trono del imperio con Diocleciano) su condición de cristiano, por lo que fue condenado a morir asaeteado. Desnudo y atado a un poste, sus propios compañeros de armas le dispararon las flechas que le representan, con tan pocas ganas que San Sebastián no murió, rescatado con prontitud por sus amigos, salió de esta. Pero su tozudez y su fe, le llevaron a que en esta ocasión lo condenaran a ser azotado hasta morir. Fue enterrado en la catacumba que lleva su nombre en la vía Apia. Su perseverancia en la fe ha hecho que sea también un santo de la hagiografía ortodoxa.

Pero San Sebastián fue un símbolo durante el Renacimiento, pues era de los pocos temas, de la religión católica, que podían representar un cuerpo desnudo. Habida cuenta que la recuperación por parte de los humanistas renacentistas de los valores y cánones del mundo clásico, donde el cuerpo humano era la máxima expresión de la belleza, el mejor ejemplo de la proporción y el principal patrón de la armonía, no hubo artista que no hiciese una obra sobre le tema del martirio de San Sebastián, al que nunca se le representa con cara de sufrimiento, siempre tiene una cara casi angelical, lo que le ha valido el apelativo del ‘Apolo Cristiano’.

Autor: Siete Días

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