Las fiestas de disfraces en Jumilla siempre han sido de espíritu libre, anárquico y lejos de jerarquías establecidas

Sin comparsas ni carrozas, sin disfraces elaborados ni de gran coste, lejos de la norma y alimentado por el anonimato

J. J. Melero / E. Hernández

Sin comparsas que perduran en el tiempo ni carrozas que protagonizan desfiles llenos de coreografías. Sin disfraces especialmente elaborados y de gran coste económico. El Carnaval de Jumilla siempre ha estado al margen de las normas, alimentado por el anonimato de los mascarones, la sátira de las soflamas y los bandos, la singularidad del Tío del Higuico y un espíritu libre que convirtió las calles en un territorio sin jerarquías, donde durante unos días reinaba la burla, el desorden y la crítica.
De hecho, las primeras referencias que existen de estas celebraciones en el municipio ya reflejan el mencionado desorden. Se sabe que ya en el siglo XVII, las máscaras se congregaban en lo que se conocía como Cerro del Calvario, situado fuera de la población, que entonces todavía se encontraba cerrada por sus cuatro puertas.


Este cerro estaba fuera de ellas, más allá de la puerta del Calvario. Y era allí donde se desplazaba la fiesta, como si de un botellón actual se tratara, lejos de la tranquilidad de la villa. Allí el desmadre podía ser mayor y las máscaras de la época podían decir sin miedo todas aquellas cosas que llevaban dentro.
Con los años, el casco urbano fue creciendo y la prolongación de la calle del Calvario absorbió al propio Carnaval, que pareció quedarse en el mismo lugar.


A los disfrazados de entonces se les conocía en Jumilla como cotorras, por el tono de voz que utilizaban para no ser reconocidos. Así se refirió a ellos el cardenal Belluga en 1709 cuando prohibió el Carnaval en Jumilla “bajo pena de excomunción mayor y ocho días de cárcel”.
La denominación de mascarones fue posterior, por el carácter improvisado y estrambótico de los disfraces en Jumilla. Cualquier cosa valía, incluso las cortinas de la casa.


La prohibición de Belluga duró poco, como se puede imaginar, y el Carnaval muy pronto volvió a coger fuerza. Ya en el siglo XIX se creó una literatura en torno a la celebración. Eran los conocidos como bandos, que se recitaban en los bailes de disfraces, o las peculiares soflamas, que al ritmo de versos y a través de un lenguaje popular criticaban aspectos sociales y políticos del momento, de forma bastante parecida a cómo tradicionalmente lo hacen las chirigotas de Cádiz. Se conservan todavía muchísimos, ya que los periódicos de cada momento los publicaban, siempre firmados por curiosos pseudónimos.

Con la mano no

Pero si había una figura que hace distinto al Carnaval de Jumilla ese es, sin duda, el Tío del Higuico, un personaje que salía disfrazado con trapos a la calle el Domingo de Carnaval, con un palo del que pendía un higo colgado de un hilo. Anunciaba el inicio de las celebraciones carnavaleras e invitaba a los niños a intentar coger el higo con la boca, pero sin usar las manos.
También del siglo XIX datan los bailes de Carnaval, que primero se organizaban en el Pósito, cambiando su ubicación una vez que se construyó el Teatro Vico. Se ponían encima de las butacas unos grandes tableros que las cubrían, transformándolas en una gran pista de baile. Desde 1932 empezó a elegirse, además, una Miss Carnaval. Salvadora Azuar Lucas fue la primera. También el Cine Luminoso y el Moderno organizaron estos bailes.


La llegada del Franquismo lo cambió todo y, por supuesto, también el Carnaval. Se prohibió, “siendo severamente sancionados los infractores de tal orden”, tal como hizo saber el alcalde en 1957. Sin embargo, nunca dejó de celebrarse y lo cierto es que, siempre que se hiciera dentro de un orden, las autoridades levantaron bastante la mano.


El Carnaval siempre ha tenido componente reivindicativo. Por ejemplo, miembros de la Banda de Música Municipal lo utilizaron en los años 50 para pedir el cese de su nuevo director ‘forastero’ y que volviera Julián Santos.
El fin de siglo no le sentó muy bien al Carnaval en Jumilla, que tuvo un periodo de decadencia. Sin embargo, el empeño de colectivos como la Asociación Cultural Hypnos, la Asociación Amigos de Jumilla y, en general, el apoyo institucional lo han impulsado de nuevo en los últimos años. La avenida de Levante y el patio del Mercado se fueron convirtiendo con el tiempo en el punto de encuentro de las máscaras del siglo XXI.