En clave de sol by Gustavo López

Dicen que estamos en plena revolución tecnológica. Que la Inteligencia Artificial ha venido para quedarse, que el futuro ya está aquí y que todo será más rápido, más eficiente y más inteligente. El problema es que ese futuro, en muchos casos, ha llegado antes que el WiFi a algunos pueblos… y antes que las ganas de aprenderlo a usar de más de uno.
Para una parte de la población, hablar de inteligencia artificial es como explicar física cuántica en mitad de una partida de dominó. Aunque el que sabe siempre dice que es fácil, y el que no se entera le responde que fácil será para ti.
Hay quien todavía se pelea con el mando de la televisión, quien imprime los correos electrónicos “por si acaso” o quien sigue guardando los teléfonos en una libreta que ha sobrevivido a tres móviles y dos cambios de compañía. Y ahora resulta que hay que hablar con una máquina que escribe textos, responde preguntas, hasta te hace un menú semanal, le da movimiento a las fotos y crea imágenes espectaculares.


Claro que el verdadero salto tecnológico llega cuando alguien intenta probarlo. El primer contacto suele ser prudente, casi desconfiado. Se escribe algo sencillo a ver lo que contesta, como quien toca el agua de la piscina antes de tirarse metiendo solo los dedos del pie de forma tímida.
El reto, en realidad, no está solo en la tecnología, sino en la brecha que se abre entre quienes navegan con soltura entre aplicaciones, asistentes virtuales y algoritmos y quienes todavía están intentando recordar la contraseña del correo electrónico que crearon en 2012.
La digitalización avanza a velocidad de fibra óptica, pero muchas personas siguen caminando a ritmo de conexión rural: con paciencia, con cortes inesperados y, a veces, con la sensación de que el mundo se está moviendo demasiado deprisa.
Y, sin embargo, también hay algo admirable en todo esto. Porque, pese a las dificultades, cada vez son más quienes se animan a intentarlo. Quienes preguntan, prueban, se equivocan y vuelven a probar. Porque al final, detrás de toda esta revolución tecnológica, sigue estando lo mismo de siempre: la curiosidad humana.
Así que quizá la inteligencia artificial no sea el problema. El verdadero reto es asegurarnos de que nadie se quede fuera, y que tener muy claro que la Inteligencia Artificial es una herramienta, que como todas, bien utilizada es buena, teniendo que llevar mucho cuidado con el mal uso por su alto peligro.