En clave de sol by Gustavo López

El incendio de Los Gallardos, en Almería, ha dejado una cifra que debería doler durante mucho tiempo: trece muertos, heridos graves y más de siete mil hectáreas calcinadas en la sierra de Cabrera-Bédar. Detrás de cada víctima hay una historia truncada, una familia rota, un pueblo que ya no podrá volver a mirar el monte de la misma forma. Y detrás de la tragedia, como casi siempre, se esconde una pregunta incómoda: ¿pudo evitarse?
No siempre es posible frenar un incendio, sobre todo cuando el calor extremo y la sequía y el viento se alían contra los equipos de extinción. Pero sí es posible, y es obligatorio, reducir su alcance y su letalidad. Ahí es donde la prevención deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una responsabilidad colectiva que se debe ejercer los trescientos sesenta y cinco días del año, no solo cuando arden los montes.
Limpiar las franjas de seguridad junto a carreteras y núcleos habitados, desbrozar el bosque, mantener los caminos rurales transitables para los vehículos de emergencias, retirar la vegetación seca que se acumula durante meses de abandono, son tareas silenciosas, poco vistosas, que casi nunca aparecen en un titular, pero que marcan la diferencia entre un fuego controlable y una tragedia como la de Almería. El refrán es viejo, pero sigue siendo verdad: más vale prevenir que curar. Y en materia forestal, curar no es posible, solo queda contar los daños.


Pero hay una segunda lección que esta semana ha vuelto a quedar dolorosamente clara: cuando el fuego ya está desatado, la diferencia entre la vida y la muerte pasa por seguir, sin dudar, las indicaciones de quienes coordinan la emergencia. Los servicios de extinción, la Guardia Civil, Protección Civil y el 112 no dan órdenes de evacuación por precaución excesiva ni por alarmismo. Las dan porque conocen el comportamiento del fuego mejor que nadie, y porque han visto cómo un cambio de viento puede convertir una vía de escape en una trampa mortal en cuestión de minutos.
Confiarse, esperar “un poco más”, para recoger algo de la casa, pensar que “a mí no me va a pasar”, son decisiones que en un incendio forestal pueden costar la vida. No hay margen para la improvisación ni para el heroísmo particular frente a un enemigo tan imprevisible. Almería llora hoy a sus víctimas. Lo mínimo que le debemos, como sociedad, es no olvidar dos lecciones cuando el fuego ya no sea noticia: que el monte se cuida en invierno, y que en emergencias la mejor decisión es siempre confiar en quienes saben.