En clave de sol by Gustavo López
Cada año llega la misma sorpresa que no debería sorprender a nadie. Septiembre se ha convertido en una cuesta más empinada que la de enero. Hablamos mucho de la resaca económica que deja la Navidad, pero pocas veces reparamos en que la vuelta al cole exige un desembolso que muchas familias no pueden permitirse sin recurrir a ahorros, tarjetas de crédito o directamente a decir que no. Libros de texto, material escolar, uniformes, actividades extraescolares… la factura crece cada curso mientras los sueldos, en el mejor de los casos, se mantienen.
Pero hay un ingrediente nuevo, y no precisamente inocente, que ha venido a engordar todavía más esa fatal cuesta. Me estoy refiriendo a la moda, porque ahora no basta con ir al colegio con una mochila que sirva y un plumífero que abrigue. Hay que ir a la moda. La mochila tiene que ser de la marca que establecen las redes sociales, las zapatillas, las que lucen los influencers infantiles, el estuche, el que todos los compañeros de clase ya tienen. Y aquí, hay que decirlo sin rodeos, la responsabilidad es nuestra, de las familias.

Somos los adultos quienes hemos convertido el primer día de curso en una pasarela. Somos nosotros quienes, por evitar que el hijo o la hija se sienta “diferente”, cedemos ante la presión de comprar la zapatilla de cien euros en lugar de la de veinte que cumple exactamente la misma función. Somos nosotros quienes alimentamos, publicación tras publicación en redes sociales, la idea de que la vuelta al cole también hay que fotografiarla, presumirla y, por supuesto, vestirla bien.
El resultado es un círculo que se retroalimenta, ya que cuanto más exhibimos, más presión generamos sobre otras familias, que a su vez sienten que deben seguir el ritmo para que sus hijos no queden señalados (Del bullying o acoso escolar ni hablemos). Y así, lo que debería ser simplemente el reencuentro con las aulas, los amigos y las rutinas, se ha convertido en un examen de estatus que empieza incluso antes de que suene el primer timbre.
Convendría, quizá, hacer un ejercicio de sensatez colectiva. Recordar que un niño no necesita la mochila más cara para aprender, ni las zapatillas de última colección para hacer amigos. Que la verdadera preparación para el curso no está en el escaparate, sino en la ilusión con la que se afronta. La cuesta de septiembre existe, es real y pesa. No la hagamos, además, innecesariamente empinada por capricho propio.









