Editorial

Los fenómenos climáticos extremos y los grandes accidentes ya no son hechos excepcionales ni lejanos. Episodios recientes, como el ocurrido en Ademuz, nos recuerdan con crudeza que cualquier municipio puede verse, de un día para otro, ante una situación límite. Y cuando eso sucede, la diferencia entre el caos y una respuesta eficaz suele estar en algo tan poco visible como esencial: un plan de emergencias realista, actualizado y conocido por todos. Es muy importante que sea conocido.
Pueblos como Jumilla, con sus particularidades geográficas, climáticas y demográficas, no pueden conformarse con planes genéricos o documentos que duermen en un cajón. Un plan de emergencias debe ajustarse a la realidad del territorio, identificar riesgos concretos y definir con claridad quién hace qué, cuándo y cómo. Solo así es posible una actuación coordinada entre servicios de emergencia, administraciones y ciudadanía.


La improvisación en este tipo de asuntos, siempre sale cara. La falta de coordinación genera retrasos, mensajes contradictorios y, en el peor de los casos, pone en riesgo vidas humanas. Por el contrario, la planificación previa permite anticiparse, minimizar daños y transmitir confianza a la población en momentos de máxima tensión.
Invertir tiempo y recursos en un plan de emergencias no es alarmismo, es responsabilidad. Hay que aprender de lo ocurrido en otros lugares y reforzar la capacidad de respuesta. Porque cuando llega la emergencia, ya es demasiado tarde para empezar a planificar. Estar preparados no evita que ocurran las desgracias, pero sí puede marcar la diferencia en cómo se afrontan y sus consecuencias.