En clave de sol by Gustavo López

La Semana Santa de Jumilla 2026 quedará en la memoria por un factor tan determinante como incontrolable: la meteorología. Tras años en los que la lluvia obligó a suspender actos, esta edición ha permitido que todos los desfiles procesionales y actividades programadas se celebraran. Una circunstancia que, por sí sola, ya supone un éxito, pero no todo ha de quedar ahí. Sin embargo, más allá de este aspecto positivo, han vuelto a quedar en evidencia una serie de asuntos que requieren una reflexión profunda.
Para mí, uno de los puntos más llamativos es la escasa valoración que se le da a la música propia de nuestra Semana Santa. Se trata de un patrimonio que debería ocupar un lugar principal, pero que, salvo por el trabajo de las dos bandas de música locales, parece diluirse. La identidad sonora de Jumilla necesita ser protegida, impulsada y, sobre todo, respetada como parte esencial de la tradición. Como ejemplo valga que en el libro de Semana Santa no existe ni una mínima mención de la música o los conciertos de Semana Santa. Y yo planteo, igual que hay hermandades que desfilan sin acompañamiento musical, algo que no debería de estar permitido, y las hay que no han contratado música en toda su historia, que al año que viene eliminen la música por completo de todas las procesiones, así verán la importancia que tiene. Podemos tener las mejores imágenes, las túnicas más elegantes y las manolas más guapas, pero si a todo eso le quitas la música, la Semana Santa no dura ni un año más.


En cuanto a la puesta en escena, algo que se debe cuidar, parece que se ha sustituido la presencia de la Policía Local o Protección Civil al final de los cortejos, por carromatos de globos, algo que dista mucho de lo que debería ser el final de una procesión.
Algo que se ha normalizado es ver a personas cruzando las procesiones sin control alguno, incluso incorporándose tarde a las formaciones atravesando bandas y hermandades. Esta falta de orden rompe la estética, dificulta el desarrollo de los desfiles y evidencia una preocupante ausencia de control.
El Viernes Santo, jornada clave, tampoco ha terminado de encontrar su equilibrio. El cambio de horario e itinerario, planteado como solución, apenas ha supuesto una mejora real. El perjuicio causado parece excesivo en comparación con los resultados obtenidos.
A ello se suma el nuevo vallado, con más inconvenientes que soluciones. Vallas que se colocaban y retiraban, que se caían o dificultaban el paso, y que han añadido más desorden todavía. Sin duda el futuro pasa por más autocrítica y menos autocomplacencia.