Su autor no busca reconocimiento ni expansión, pero su producto sigue ganando prestigio entre quien lo recibe
Tradición, paciencia y generosidad en cada una de las aproximadamente 700 botellas que producirá esta campaña
Reportaje de J.J. Melero
De pequeño odiaba ir a coger oliva con su padre y hoy elabora aceite por pura afición. Lejos de los procesos industriales y del mercado, Juan Manuel Coloma produce unas cuantas botellas de forma artesanal desde hace un lustro. Un trabajo minucioso y desinteresado que da como resultado un aceite denso, de gran calidad, destinado únicamente a su círculo más cercano.
Su único objetivo es regalar un producto cuidado al detalle, fruto del tiempo, la paciencia y una pasión por Jumilla y sus tradiciones. “Nunca he pensado en venderlo, ni lo haré”, explica Coloma. “Esto empezó casi como una prueba personal, por curiosidad, y con el tiempo, especialmente desde mi jubilación, se ha convertido en un gran entretenimiento”.
El resultado de este trabajo que desarrolla en el paraje Los Arenales es un aceite de notable sabor, con una densidad superior a la de muchos aceites comerciales de gama alta. “Pesa unos gramos más por kilo que la mayoría”, asegura.
Se trata de una característica que no es casual, sino consecuencia directa de un proceso realizado con cariño y completamente manual, en el que prima el respeto por la materia prima y el tiempo.

Este año ha aumentado su producción con respecto a los anteriores: unos 350 litros que han salido de 2.000 kilos de oliva propios o proporcionados por amigos. Hay de tres variedades: verde royal, a la que le saca un rendimiento del 11% y oliva madura cornicabra o alberquina, con las que logra un 22%.
El resultado serán unas 700 botellas de medio litro, que en esta ocasión serán etiquetadas con el nombre de Meresma, en honor a los nombres de sus tres hijas. Él mismo se encarga de embotellarlo manualmente. Es el último paso de un proceso que tiene muy claro. No obstante, este año lo va a realizar más de 40 veces, ya que en cada elaboración utiliza únicamente de 42 a 44 kilos de oliva.

Un oro líquido que tarda unas cuatro o cinco horas en conseguir, por lo que para sacar a la luz los 350 litros que saldrán de los dos millares de kilos basta con hacer una sencilla multiplicación para saber el tiempo que le está dedicando.
Un tiempo, que al igual que el aceite, también es oro. Sin embargo, “de eso me sobra ahora”, ironiza. Desde hace un año y pico ya no madruga para sacar adelante su negocio de venta de artículos de floristería al por mayor. Ahora lo dedica a esta nueva pasión.
El proceso se inicia con la recolección de la oliva, que precisamente se realiza en torno a estas fechas. Después las pasa por una aventadora, donde las olivas se separan de posibles hojas, trozos de rama y de tierra.

Cuenta, además, con su propio molinillo, donde las tritura completamente, por supuesto incluyendo piel, pulpa y hueso. La pasta que obtiene pasa a una batidora donde controla cuidadosamente la temperatura, que oscila entre los 22 y 26 grados. Esta extracción del aceite en frío es un indicador de calidad.
A continuación, comienza una fase muy artesanal, ya que la separación del aceite de los demás componentes lo realiza a través de una prensa tradicional hidráulica, mediante cofines de fibra. Es el momento en el que obtiene el aceite, que todavía resta por filtrar y almacenar en tinajas o embotellar, todo ello también de forma manual.

Juan Manuel Coloma no busca reconocimiento ni expansión, pero su aceite ha ido ganando prestigio entre quienes lo reciben, convirtiéndose en un ejemplo de cómo la dedicación y el altruismo pueden dar lugar a un producto excepcional. Tradición, paciencia y generosidad en cada botella de aceite, un pequeño tesoro artesanal que no llega a las estanterías, aunque por suerte sí a las mesas.












