En clave de sol by Gustavo López
La Semana Europea de la Movilidad acaba de cerrarse con su mensaje de siempre: dejemos el coche, caminemos más, subamos al autobús (Cuando haya). Es un mensaje razonable y necesario, pero este año llega con un matiz incómodo. Para muchísimos ciudadanos, esa recomendación ya no es una opción entre otras, sino una obligación que impone el bolsillo.
Los carburantes se mueven en máximos históricos y nada apunta a que vayan a bajar. Todo indica lo contrario. Cada visita a la gasolinera se ha convertido en un pequeño sobresalto que se repite varias veces al mes. Quien pueda prescindir del vehículo, que lo haga. El problema es que no todos pueden.
Pedir que se deje el coche en casa tiene sentido en una gran ciudad con metro, tranvía y autobuses cada cinco minutos. Pero en municipios como el nuestro, con un transporte público limitado al taxi y unas distancias que no se recorren a pie, exigirlo no es concienciar, es castigar. Sin alternativa real, la movilidad sostenible se queda en un eslogan.

Más grave es la situación de quienes no conducen por comodidad, sino para ganarse la vida. El agricultor que necesita gasóleo para sus tractores y su maquinaria no puede aplazar la campaña. El camionero, el taxista o el repartidor tienen en el combustible su herramienta de trabajo y, a la vez, su mayor gasto. Cuando el precio sube, no siempre pueden trasladarlo al cliente, y el margen se evapora hasta dejar el negocio al borde del abismo.
Detrás de cada uno de esos números hay una familia. Autónomos que echan cuentas cada noche, pequeñas explotaciones que ya trabajan al límite, hogares que recortan en todo lo demás para poder llegar al trabajo. Si esta tendencia se mantiene, la bancarrota dejará de ser una amenaza lejana y será una realidad en demasiadas casas, al haber más gastos que ingresos.
Conviene, por tanto, exigir algo más que buenos consejos. Hacen falta ayudas directas a los sectores profesionales más expuestos, una revisión de la carga fiscal que soportan los carburantes y una inversión seria en transporte público que llegue también a pedanías. Y hace falta que quienes toman las decisiones entiendan que no se puede pedir a la gente que cambie de hábitos sin ofrecerle con qué hacerlo.
Caminar más nos hará bien, sin duda. Pero nadie debería tener que caminar porque ya no puede pagar un simple repostaje en la gasolinera de toda la vida.









