La lucha contra el analfabetismo de hace un siglo
Fue la fisonomía habitual de la educación, ya que hasta la mitad del siglo XX no se extendió la concentración escolar
J.J. Melero
Hoy resulta difícil imaginar un aula donde un niño de seis años comparta espacio y maestro con un adolescente de doce. Sin embargo, a principios del siglo XX, esta era la fisonomía habitual de la educación en la mayor parte del país y, por tanto, del término municipal de Jumilla.
Las escuelas unitarias, bautizadas así porque un solo docente asumía todos los niveles de forma simultánea, fueron la fórmula utilizada para luchar contra la alta analfabetización de la época tanto en el casco urbano como en las pedanías. Hasta la segunda mitad del siglo XX no se extendió la concentración escolar.

El modelo basado en la escuela unitaria funcionó en España desde la Ley Moyano de 1858 hasta la Ley General de Educación de 1970.
En Jumilla, a finales del siglo XIX se realizaron las reformas oportunas en el Palacio del Concejo, una vez que deja de ser Ayuntamiento, para que albergue dos escuelas: una de niños y otra de niñas. Durante los primeros años, curiosamente el alumnado llegó a compartir edificio con los presos. Más adelante, trabajaron allí maestros tan conocidos en la localidad como Jerónimo Molina y Anita Tomás.
En la calle Cruces, haciendo esquina con la calle Briz, existió en los años 20 una escuela unitaria de niñas, que tuvo como maestra a Pepita Ballesta, que en 1927 se convirtió en la primera mujer concejal en el Ayuntamiento de Jumilla.

En la calle del Calvario estuvo la escuela de los maestros José Yagüe e Isabel Sánchez, trasladada más tarde a las calles Canalejas y Capitán Cortés (hoy García Lorca). La calle Marchante también contó con otras dos escuelas unitarias, donde en sus últimos años trabajaron Jacobo González y Lolita Ortuño, así como otra en calle Canalejas, situada en el número 15 y con enseñanza de la maestra María Tévar.

Otros lugares donde el cronista oficial y también maestro, Antonio Verdú, sitúa escuelas unitarias son el edificio del Pósito y en las calles Labor, Castillas, Dionisio Guardiola (entonces Olmo) y Cruz de Piedra, donde llegó a haber dos. También los edificios religiosos fueron espacios donde se abrieron escuelas unitarias. Hubo varias en las iglesias, así como en el Convento de las Dominicas.

La enseñanza en pedanías
En un municipio con una extensión de casi un millar de kilómetros cuadrados, las distancias hacían inviable el traslado diario de los más pequeños al casco urbano, por lo que la dispersión de pequeñas casas-escuela en pedanías se convirtió durante mucho tiempo en la solución para fomentar la enseñanza.
Los propios vecinos de la pedanía de la Cañada del Trigo levantaron con sus manos una casa-escuela, inaugurada en 1931. El Ayuntamiento del alcalde Luis Rico Blanes respaldó la hazaña con 5.000 pesetas (30 euros). Actualmente es la única pedanía que mantiene un colegio en activo, junto a La Estacada, que cuenta con uno de Educación Especial.
En 1932, las crónicas ensalzaban la labor de la maestra Caridad Murcia Solano en la escuela de niñas de La Alquería, quien aplicaba métodos de la «Escuela Nueva» basados en la observación natural y el dibujo. Al mismo tiempo, en la Fuente del Pino, su maestro ejercía además como activo corresponsal del periódico El Liberal, dinamizando la vida social del campo.

A mitad de los años 40 se construye en Las Encebras la Escuela Casa Cebolletas, donde llegaron a coincidir 40 alumnos. Según el cuaderno 23 de Licinciería, Timoteo Pérez aportó los terrenos, el Ayuntamiento los materiales y los vecinos la mano de obra.
La Raja tuvo escuela nacional entre 1952 y 1973, con Antonia Herrero como última maestra destinada allí. Existió en la zona, además, una escuela privada a principios del siglo XX, denominada Casa del Soldado.
En Torre del Rico, en los años 40, hubo escuela de niños y de niñas, hoy reconvertidas en bar social y centro para la tercera edad, respectivamente. La Zarza, por su parte, contó con una escuela mixta en los años 60 y 70.









