Editorial
Las Fiestas Patronales de agosto han terminado y, como cada año, toca hacer balance. En Jumilla solemos hacerlo a medias: se celebran las cifras de participación, se agradece a peñas y colectivos, y ahí queda todo. Está bien, porque hay mucho que celebrar, pero limitarse a certificar que las cosas empezaron y terminaron sin incidentes es quedarse a mitad de camino.
Nos falta incorporar algo que no tenemos por costumbre: la autocrítica. Nos resulta más cómodo aplaudir lo conseguido que señalar lo mejorable, quizá por temor a que se interprete como un reproche a quienes han trabajado, muchas veces de forma desinteresada. Pero una cosa no está reñida con la otra.

Y detalles que pulir los hay, como en toda edición: la coordinación de horarios, la gestión de las aglomeraciones en los puntos de mayor afluencia, fallos en servicios, la señalización para los visitantes, la comunicación, y otras cosillas por ahí. Cuestiones que, aisladas, parecen menores, pero que juntas marcan la diferencia entre una fiesta redonda y una simplemente correcta.
Hacer autocrítica no resta valor a lo conseguido: Es la única forma de seguir creciendo y hacerlo como referente. Las fiestas han dejado momentos para el recuerdo, pero precisamente por eso no podemos conformarnos con que las cosas simplemente empiecen y terminen. El reto del próximo año es aprender de los detalles sueltos, mirando hacia dentro con la misma exigencia que se mira hacia fuera.









