En clave de sol by Gustavo López
Hay celebraciones que llegan para quedarse y otras que, a fuerza de insistir, terminan imponiéndose, aunque poco tengan que ver con nuestras costumbres. Halloween pertenece a esta segunda categoría. Importada en su versión más comercial del mundo anglosajón, ha pasado de ser una curiosidad ajena a convertirse en una cita multitudinaria, con disfraces, calabazas, sustos y una maquinaria que no conoce límites.
Cada cual es libre de divertirse como quiera. El problema aparece cuando confundimos diversión con obligación, ya que parece que no celebrar Halloween es quedarse fuera de la modernidad y relegando nuestras tradiciones a un discreto segundo plano. Aquí, el comienzo de noviembre siempre ha tenido otro significado: Todos los Santos y los Fieles Difuntos, jornadas de memoria, recogimiento y respeto hacia quienes nos precedieron. No son fechas intercambiables en un calendario festivo. Son cuando son y punto.
Y conviene decirlo sin complejos. Conservar la identidad no significa cerrarse al mundo, sino saber distinguir entre incorporar una costumbre y relegar lo nuestro.

Este año, además, la tragedia ferroviaria de Urda, en Toledo, ha añadido una circunstancia especialmente dolorosa. El luto oficial decretado por las víctimas obligaba, por sensibilidad y coherencia, a reconsiderar las celebraciones. Y lo razonable era sencillo: suspenderlas. Sin dramas, sin buscar atajos, ni inventar nuevas fechas. Habrá más octubres, más disfraces y más oportunidades para pasarlo bien. Ahora tocaba respetar y ser sensible al dolor de una tragedia.
Sin embargo, se ha preferido salvar lo importado a toda costa. En Jumilla, se trasladaron actividades al domingo, precisamente Todos los Santos. Y en el ámbito educativo el planteamiento fue llevar las celebraciones al lunes 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos. Es decir, por respeto a la tragedia, que es lo lógico, no se respetan unas fechas llamadas a ser de máximo respeto como son el 1 y el 2 de noviembre.
No se trata de prohibir nada, ni de enfrentarse a quienes disfrutan con Halloween. Se trata de establecer prioridades. Suspender una fiesta no es una derrota. Es, en ocasiones, una muestra de madurez colectiva. Lo que resulta incomprensible es trasladarla hasta hacerla coincidir con jornadas que merecen otro tono y otra consideración. Si se suspende, se suspende y punto.
No es lógico que en Todos los Santos se visite a nuestros familiares en el cementerio mientras fantasmas, brujas y zombies deambulan por las calles pidiendo chuches.














