Editorial

La presentación de la nueva marca turística de Jumilla bajo el eslogan ‘Jumilla, capital de la Monastrell’ supone mucho más que una campaña promocional. Es una declaración de identidad. Un mensaje claro que busca proyectar hacia el exterior aquello que durante siglos nos ha definido. Somos un pueblo con una estrecha vinculación con la vid, el vino y, especialmente, con la variedad Monastrell. Además, la iniciativa llega en un momento especialmente simbólico, coincidiendo con la conmemoración de los 700 años de la primera referencia documental conocida a la Monastrell, fechada en 1327.


Las marcas turísticas tienen éxito cuando son capaces de sintetizar una realidad diferenciadora. Y pocas localidades pueden presumir de una relación tan profunda con una variedad de uva como la que mantiene Jumilla con la Monastrell. No se trata únicamente de vino, ya que se puede hablar también de paisaje, economía, cultura, patrimonio, gastronomía y forma de entender la vida. La Monastrell ha moldeado el carácter de esta tierra y ha llevado el nombre de Jumilla a mercados de todo el mundo.
Por eso, asumir el papel de “capital” no debe entenderse como una simple etiqueta, sino como una responsabilidad. La de liderar la promoción de una variedad única, seguir apostando por el enoturismo, fortalecer el vínculo entre tradición e innovación y aprovechar una efeméride histórica para reforzar el posicionamiento de Jumilla.
Siete siglos después de aquella primera mención escrita, la Monastrell continúa siendo la mejor embajadora.