En clave de sol by Gustavo López

Hace unos días escuchaba a don Valeriano, el cura párroco de la Iglesia de El Salvador, decir que “vivimos en una sociedad a la que le gusta más escuchar una mentira cómoda que una verdad incómoda”. Y es que siempre se ha dicho que la verdad ofende, aunque no es menos cierto que las mentiras tienen las patas muy cortas, y además de pillarnos a la primera, no podemos ir muy lejos si nos apoyamos en falsedades, por muy cómodas que parezcan.
No vamos a negar que a todos nos gusta que nos doren la píldora y nos agraden el oído, pero a veces, lo mejor que nos puede pasar es que se llame al pan y al vino por su nombre, sin dobleces ni medias verdades, que suelen resultar la peor de las mentiras.
Alguna vez lo he comentado, sobre todo cuando se realizan balances de actos, eventos o celebraciones, donde pase lo que pase, y se haga lo que se haga, al final todo está bien y todos muestran su orgullo y satisfacción, que diría el emérito. Pero no, eso no debe de ser así, ya que se le hace mucho daño a las cosas cuando se tapa lo que se ha hecho mal, ya que en lugar de intentar buscarle una solución y corregir de cara a la siguiente edición, lo que hacemos es engañarnos a nosotros mismos.


También lo he dicho varias veces, y aprovecho para reafirmarme, morir de éxito nunca es bueno, pero vivir engañado, es mucho peor. Cuando las cosas salen bien hay que decirlo, presumir de ello y mostrarse satisfecho, por qué no, pero cuando la cosa no ha ido como esperábamos, u optamos por callarnos o reconocemos lo que para muchos es evidente.
¿Quién no ha deseado alguna vez que las cosas fueran de otra manera? ¿Tener más pelo o menos nariz, que tu pareja sea más compresiva o con menos mala leche? ¿Que tu madre fuera menos protectora? ¿Que tu hijo estudie una carrera concreta y que destaque en su profesión? ¿Que nunca se hubiera producido aquel accidente o no haber caído en esa tentación?
Estaréis de acuerdo conmigo en que luchar contra un hecho, una situación o una decisión inamovible es un enorme gasto de energía que sólo nos lleva a la frustración y a la impotencia. Supone un gran desgaste emocional y un sufrimiento innecesario. Lo que es, es, y lo que no es, no es. Por mucho que maquillemos la realidad, al final hay que doblar la rodilla e inclinarse ante de la realidad, por muy incómoda que sea y por mucho que deseemos que hubiera sido de otra manera.