En clave de sol by Gustavo López

Hay algo que conviene recordar en estos días en los que Jumilla vuelve a echarse a la calle para vivir su Semana Santa: una procesión no termina cuando pasa el último trono, ni siquiera cuando se aleja la imagen. Una procesión concluye cuando el último músico ha terminado de pasar ante nosotros.
La música no es un acompañamiento menor. Es alma, es ritmo, es emoción contenida y desbordada al mismo tiempo. Es la que guía el paso, la que envuelve al espectador, la que convierte cada instante en recuerdo único. Sin música, nuestras procesiones no serían lo que son.
Y, sin embargo, año tras año se repite una imagen que debería hacernos reflexionar. Tras horas, a veces más de tres o cuatro de espera y de contemplación, hay quien decide levantarse apenas unos segundos antes de que la última banda haya pasado por completo. Como si ese último tramo careciera de importancia. Como si el esfuerzo de quienes siguen tocando no mereciera consideración.


Detrás de cada músico hay muchas horas de ensayo, de preparación, de sacrificio. Hay profesionales y aficionados que están trabajando en ese preciso momento, que mantienen la concentración, el ritmo y la dignidad de una tradición que nos representa a todos. Merecen respeto. Merecen atención. Merecen que la procesión termine para todos cuando termina para ellos.
Pero hay, además, una cuestión que va más allá de la educación o la cortesía: la seguridad. Cruzar por en medio de una banda de música no es solo una falta de consideración, es un riesgo real. No sería la primera vez que un movimiento indebido provoca un golpe, que un instrumento impacta de forma accidental y acaba causando una lesión, incluso algo tan serio como partir el labio de un músico. Evitarlo es tan sencillo como entender lo esencial: ellos están trabajando y nosotros debemos respetarlo.
La Semana Santa es convivencia, es tradición, es sentimiento. Y también es responsabilidad. Cada gesto cuenta. Permanecer en el sitio hasta el final, no invadir el espacio de las bandas o esperar unos segundos más son pequeños actos que deben ser una norma habitual.
Porque después de todo lo vivido, de todo lo sentido, no es de recibo levantarse treinta segundos antes. No cuando aún queda música. No cuando aún queda trabajo. No cuando aún queda Semana Santa. El respeto, también, marca el final.