En clave de sol by Gustavo López
España ya tiene su segunda estrella. En la noche del 19 de julio, en el Estadio Nueva York/Nueva Jersey, un gol de Ferrán Torres en la prórroga tumbó a Argentina y devolvió al país una alegría que solo se vive una vez cada mucho tiempo. De hecho, han tenido que pasar dieciséis años desde que en Sudáfrica se lograra la primera copa del mundo. Ahora España vuelve a ser la mejor y lo ha hecho además con un torneo prácticamente perfecto, invicta, con una defensa sólida, solo un gol en contra y un juego que ha sido reconocido por propios y extraños como el mejor de todo el Mundial. Se ha llevado también el trofeo al mejor jugador joven, mejor portero y mejor jugador del torneo.
Pero más allá de la gesta deportiva, lo que verdaderamente importa es lo que este título representa para un país que, con demasiada frecuencia, encuentra motivos para dividirse. Esta victoria no pertenece a nadie en particular, sino a todos. Pertenece a quien ha vivido cada partido con el alma en vilo, sufriendo cada córner y celebrando cada parada, y también a quien, sin entender de tácticas ni de fueras de juego, se ha echado a la calle a celebrar simplemente porque su país ha ganado. Ese es, precisamente, el valor de estos triunfos que unen donde tantas cosas separan, ilusionan donde tanto te echa por tierra, y durante unas horas nos recuerda que, más allá de nuestras diferencias, formamos parte de algo común.

Las imágenes de estos días lo confirman, con plazas llenas, banderas ondeando sin distinción de ideologías, abrazos entre desconocidos, generaciones enteras compartiendo una misma emoción. Es un fenómeno que trasciende lo deportivo y que pocas cosas en la vida colectiva de un país son capaces de generar con esta intensidad y esta rapidez.
Por eso nadie debería apropiarse de esta victoria, y menos aún convertirla en arma arrojadiza. La política y quienes la representan tienen la obligación de estar a la altura del momento. Sumarse a la alegría general como un ciudadano más, sin cálculos ni segundas lecturas y sin buscar rédito. Ningún gobernante, de uno u otro signo, debería utilizar este triunfo para reforzar su relato, como tampoco debería nadie aprovechar la ocasión para sacar banderas que dividen en lugar de sumar. Aquí solo cabe una bandera, la de todos los españoles, y solo un sentimiento, el orgullo compartido por un logro histórico que, por segunda vez en nuestra historia, hemos tenido la fortuna de vivir.
Disfrutemos sin cálculos rebuscados de un momento histórico por grande y por bueno.









