«David Terol nos hizo llorar y reír sin casi percatarnos de lo que se estaba operando en nuestros corazones».
Juan Simón Abellán
Diríamos que la obra que La Tendía presentó el pasado viernes 17 de abril en el Teatro Vico de Jumilla se inscribe en lo que los teóricos llaman “Dramaturgias del yo”. Este concepto es una constante en la dramaturgia contemporánea e implica básicamente que personaje, actor y persona, realidad y ficción se entremezclan, aún a riesgo de transitar caminos ya manidos y agotados, es posible sorprender al espectador. Resonancia es un gran ejemplo de ello.
Hoy día estamos ahítos de stories donde se mercadea con la propia vida bajo la tiranía de lo extraordinario a golpe de filtro y artificio. Vidas cuya intimidad se desvela me gusta tras me gusta, relatos biográficos donde nada es genuino y todo se confunde, y donde el pacto del público con el protagonista se firma bajo la frivolidad del entretenimiento más descreído.

Hoy día uno va al teatro, donde se cuentan historias, sin saber qué se va a encontrar, con alguna ligera idea tal vez. Quizás pasará un rato divertido, con suerte puede que hasta se emocione o, por desgracia, puede que la obra no consiga despertar ni mantener nuestro caro e insaciable interés. A pesar de ello, la predisposición suele ser total y el espectador asiste al teatro con la piadosa intención de perdonarlo todo, aunque a veces, por suerte, encuentra puro teatro.
La búsqueda del padre es una de esas semillas inmortales de la ficción y Resonancia la pone magistralmente en órbita. Según la ciencia la resonancia sonora ocurre básicamente cuando coinciden las frecuencias, cuando un objeto vibra en respuesta a una onda sonora externa que coincide con su propia frecuencia de vibración natural. Esto produce una amplificación del sonido y, extrapolando el concepto a la obra que nos ocupa, lo que se produjo fue una amplificación de la emoción, y, así sucedió, el objeto era el público y vibramos. La onda nos alcanzó de manera tan certera, que resonará en nuestra memoria por mucho tiempo. Así, David nos hizo llorar y reír sin casi percatarnos de lo que se estaba operando en nuestros corazones.

Con un poético y también real paralelismo con las sondas voyager viajamos al amparo de una humanidad escénica arrasadora, tan sencilla, directa y humilde como capaz de atravesarnos y dejarnos un bálsamo para el duelo.
El público contuvo la emoción y la transformó en un torrente de aplausos, ya que, a todos, en la medida que fuera, resonancia nos tocó con su arte y con una entrega difícil de olvidar. Espero que esta historia recorra los teatros, y especialmente que llegue a los jóvenes, ya que les dará la oportunidad de descubrir un teatro con el que conectarán, puro teatro en primera persona, a través de un clásico muy bien contado.
Juan Simón Abellán











