En clave de sol by Gustavo López

Hay frases que uno escucha de pasada, sin saber que un día se convertirán en la mejor descripción de su propia vida. La madre de Forrest Gump decía aquello de que la vida es como una caja de bombones, que nunca sabes cuál te va a tocar. Yo llevaba poco más de 29 años sin formar parte de una agrupación musical, después de una intensa época y de dejarlo posteriormente. Y jamás habría imaginado que este fin de semana, con motivo del Festival Nacional de Bandas de la Asociación Musical Julián Santos, me tocaría precisamente ese bombón: el de volver a sentirme músico.
No sé muy bien por dónde empezar, porque lo que he vivido estos días no cabe en un solo párrafo. Fue ponerme el uniforme, ponerme frente a partitura y, de repente, todo lo demás desapareció. Desaparecieron los años, el trabajo, las obligaciones, se olvidó el adulto. Volví a ser aquel chaval que empezó en la escuela de música cuatro décadas atrás, con la misma ilusión y, para qué engañarnos, con algún que otro nervio de más.


Lo curioso es que esta montaña rusa de emociones no se ha quedado solo en mí. Se ha colado enteramente en mi casa. Mi mujer dará el salto pronto también, estoy convencido. Mis hermanos, sorprendidos, lo comparten todo. Mi hijo me ha visto tocar por primera vez, y creo que empieza a entender por qué su padre siempre habla de la banda con esa mezcla de nostalgia y cariño. No ha sido solo mi reencuentro con la música, sino que ha sido el reencuentro de toda una familia con una parte de nuestra historia que creíamos cerrada.
Y es que las asociaciones musicales no son solo una banda. Se convierten en una segunda casa para quienes pasamos por ella, un lugar donde el tiempo, paradójicamente, no pasa del todo. Los rostros cambian, los músicos se renuevan, pero el espíritu con el que se afronta cada ensayo, cada pasacalles, cada concierto, sigue siendo exactamente el mismo que yo conocí de niño.
Por eso, hoy solo me queda dar las gracias. Gracias a quienes me abrieron la puerta hace casi 40 años y a quienes me la han vuelto a abrir ahora, sin hacer preguntas, como si nunca me hubiera ido. Gracias a mi familia, por acompañarme en este viaje inesperado de emociones. Y gracias, sobre todo, a la música, por recordarme que hay caminos que uno cree perdidos y que, en realidad, solo estaban esperando el momento adecuado para reaparecer.
Nunca se sabe qué bombón te va a tocar. A mí, casi 29 años después, me ha tocado uno muy sabroso, el mejor de todos.